El amor mata


Pame Rada, actriz y sicóloga social.

En esta foto mi papi con su nieta y su hermano Toño con su nieto.

Foto: Pame Rada

Miren la foto muy bien, ambos eran hombres sanos, fuertes, con mucha vida aún por delante y muchísimo amor que dar a sus esposas, hijos y nietos, pero lamentablemente en medio de esta pesadilla llamada Covid, el amor mata.
Pensé varias veces si escribir lo que me pasó a mi y a mi familia sería correcto o no y finalmente decidí compartirlo porque no quisiera que alguien más pasara por algo así, es necesario que hagan conciencia de lo terrible de la situación y debemos aprender que la manera de demostrarle a alguien que lo amas, es estando lejos.
A principios de diciembre mi abuela (mamá de mi papá) comenzó a sentirse mal, lo comentó en una video llamada que todos los Arellano tenían los domingos (hasta ahí todo bien ¿no?, hacer video llamadas era lo más correcto). Mi papá visitaba a su mamá todos los lunes sin falta desde hace muchos años (no tuve el valor de pedirle que no lo hiciera porque no podía negarle ver a su mamá).
El lunes 7 de diciembre, mi papá regresó muy triste y decaído porque había visto muy enferma a su mamá, así que decidió regresar los días siguientes a cuidar de ella junto con una hermana que vivía en la misma casa que mi abuela.
Mi abuela sabía que su fin se acercaba y pidió ver a uno de sus hijos que vive en Cuernavaca y quien vale la pena mencionar, no quería visitarla por miedo al contagio, pero, ¿qué creen? el amor mueve montañas ¿no?. Así que fueron por él y estuvo con mi abuela unas horas.
Así pasaron los días hasta que mi abuela murió el 10 de diciembre a sus casi 90 años, causa de la muerte: complicaciones por Covid- 19. ¿Cómo fue? Mi abuela no salía de su casa desde hace años… Alguna de esas visitas amorosas la contagió.
Todos tuvieron que hacerse la prueba de Covid, casi todos los que tuvieron contacto con mi abuela dieron positivo, excepto mi papá, sin embargo, comenzó a tener síntomas alrededor del 12 o 13 de diciembre, síntomas que no distinguimos con claridad porque se confundieron con la tristeza tan profunda que le había provocado la muerte de mi abuela.
Se encerraba en su cuarto casi todo el día y no se comunicaba mucho con nosotros. El martes 15 mi papá se levantó muy temprano para hacerse una prueba rápida en el kiosko de la alcaldía Gustavo A. Madero, regresó a casa hasta las 5 de la tarde, con su prueba en mano que decía “negativo”, él lloró diciéndome que había tenido mucho miedo de salir positivo y que por eso no se había acercado a nosotros, entonces lo abracé por amor. Como las dos pruebas habían salido negativas, pensamos que mi papá tenía influenza porque, para rematar, las veces que había ido al Centro de Salud la vacuna contra influenza estaba agotada.
Los siguientes días mi papá seguía mal, pero nuevamente no reconocimos la gravedad porque se encerraba en su cuarto y no nos decía cómo se sentía. En esos días nos enteramos que a mi tío lo habían hospitalizado y que algunos que habían dado negativo resultaron positivos.
El viernes 18 comencé con una pequeña tos (a mi nunca me da tos), el sábado 19 tenía mucho ardor en los ojos y mi papá empeoraba. Tuvimos una video llamada con una doctora que estaba atendiendo el caso de una tía (esposa de otro hermano de mi papá) y confirmó lo que tanto temíamos.
Le pedí al papá de mi hija que se la llevara a casa de mis suegros y se quedarán ahí un tiempo, me alejé de mi hija por amor. Mi mamá y yo comenzamos la medicación preventiva y medicación para mi papá también. A estas alturas ya sabíamos que habían intubado al hermano de mi papá.
El 22 en la madrugada llevé a mi papá a urgencias con 47 por ciento de oxigenación y he de decir que aguantó como un roble porque salimos de casa caminando y tuvimos una pequeña conversación en el camino.
En el hospital todos se portaron muy amables, le pusieron oxígeno, le hicieron una placa de tórax y de pronto me encontré sola, afuera de urgencias en la madrugada con la ropa de mi papá en una bolsa de plástico y las últimas palabras que nos dijimos dándome vueltas en la cabeza y el corazón:

-Échale ganas pa´, que tu nieta te va a estar esperando.

-Si mamita…

A pesar de que intentó parecer sereno y tranquilo yo vi el miedo en sus ojos y es algo que de verdad espero nadie viva.
El 23 mi mamá y yo nos hicimos la prueba, ella negativo y yo positivo, a medio día me llaman del hospital para decirme que subieron a mi papá “a piso”, que estaba delicado pero estable. El 24 de diciembre en la tarde me llamaron para decir que su oxigenación no mejoraba y lo intubarían; el mismo día por la noche llamaron para pedirnos ir con urgencia al hospital.
Mi papi no resistió la anestesia y se nos adelantó.
Cuando vi a mi mamá derrumbarse ante la noticia mi corazón se partió en mil pedazos porque además no pude abrazarla para ayudarle a sostenerse, mi amor por ella es tan grande que me mantuve lejos, hasta el día de hoy no la he abrazado como he deseado durante tantos días.
Hemos tenido que pasar estos terribles días separadas, sin poder darnos un abrazo, por las noches antes de dormir o en las mañanas al despertar.
Ayer casi al caer la noche nos dieron la terrible noticia del fallecimiento de mi tío quien también luchó después de varios días de estar intubado. La noticia fue como recibir una estocada en la herida abierta.
Han sido los días más horrendos de mi vida y este post no lo comparto con el fin de provocar lástima ni mucho menos. Es mi lección de vida, la lección más dolorosa que podría tener y deseo de todo corazón que tú que estás leyendo esto puedas aprender algo. Papi siempre fue un gran maestro hasta el final. Te amaré y te extrañaré por siempre.

Silencio ausente

Andrea Luna, 27 años.
Maestra y correctora de estilo.

Nunca entendí completamente la importancia del silencio, hasta hoy. En reiteradas ocasiones, llegué a otorgarle el número tres dentro del top cinco de peores formas para causar angustia. Sin embargo, ahora que padezco su ausencia, me resulta inimaginable no volver a recuperarlo.


La noche era mi búnker y el insomnio permitía acceder a la calma despojada durante el día. El final comenzó una vez restringidos los espacios públicos, el trabajo presencial, las clases, reuniones sociales, entre otras actividades. Todo el ruido desfogado en multiplicidad de lugares, se trasladó al domicilio particular.


La conspiración de sonidos indeseables, comenzó a trasminar las paredes del encierro: discusiones, risas estridentes, música a todo volumen, niños haciendo berrinche, pero sobre todo, construcciones situadas en cada punto cardinal, incluido el hogar.


Golpeteo de martillos al norte, cortadoras eléctricas al sur, edificación de segundos pisos al este, levantamiento de grandes bardas al oeste y colados en el centro. El acuerdo existente consistía en generar el mayor estruendo posible, con itinerario de 5 de la mañana a 9 de la noche. Las horas restantes eran ocupadas por el molesto chirrido del grifo a causa de una instalación fallida, un gallo desfasado, perros ladrando, alarmas de automóviles e insistentes fiestas clandestinas.


Con la llegada del COVID y las medidas implementadas, el silencio desapareció poco a poco en la colonia―caso contrario a las grandes plazas―, sin dejar rastro. Huyó junto con los empleos, el alimento de innumerables familias, las «buenas» intenciones de los gobernantes, las camillas anunciadas en informes de postureo, la ilusoria serenidad antes del pánico, la salud de multitudes.


Callarse nunca fue opción para el bullicio. Sin los silencios convenientes, la gente no supo hablar ni escuchar, aunque creían hacerlo. La omisión que representaba generó la sensación de hurto, una vez que lo incierto fue arraigándose en la mente. Y como un eco en mis pensamientos, retumbaba constante la célebre sentencia: «uno nunca sabe lo que tiene, hasta que lo pierde».

La esperanza no te la llevas: COVID-19

Erika Carrillo

Regresábamos de nuestro primer viaje por Europa, ese por el cual discutimos, planeamos y ahorramos durante varios meses para poder ver con nuestros propios ojos la increíble oferta cultural y arquitectónica que brinda ese continente, cuando la tormenta llegó.

Jorge y yo somos pareja desde hace 18 años, fuimos grandes amigos en la preparatoria y juntos hemos construido una familia maravillosa. Jamás imaginé que durante ese viaje él tuviera la intención de “formalizar” nuestra relación, lo escribo entre comillas porque durante este tiempo nuestro compromiso no ha requerido de documentos, sortijas o celebraciones religiosas. Hemos pasado por todo tipo de situaciones, pero siempre la balanza se inclina a las experiencias positivas y a la oportunidad de volver a construirnos.

Antes de irnos COVID-19 se repetía mucho pero todavía se escuchaba lejos, no sabíamos que la pandemia venia detrás de nosotros. Nos volvimos a comprometer a la orilla del río Sena, justo en el Pont des Arts, ahí lloramos, dijimos palabrería tan dulce como la repostería parisina. La pandemia ensombrecía nuestros paseos, pero la tormenta aún no llegaba, estábamos extasiados entre iglesias maravillosas y obras de arte inigualables.

Al salir de París, empezamos a notar que todo se ensombrecía detrás de nosotros, las cosas se sentían diferentes pero los controles sanitarios en el aeropuerto se limitaban a algunas preguntas y te dejaban ver que todo estaría bien. Al otro día, estábamos ingresando a la Ciudad de México, al día siguiente Estados Unidos de Norte América cerró las fronteras. La tormenta nos alcanzó.

Los primeros días, el miedo rondaba nuestras vidas, sentíamos que éramos portadores del virus y que podíamos contagiar a nuestra familia, la incredulidad se apoderaba de nuestros pensamientos y la fallida estrategia de comunicación por parte de las instituciones nos confundía.

Perdí la sensación de seguridad con la que me acostaba todos los días y por la cual creía que despertaría al día siguiente, en cambio ahora tengo la oportunidad de agradecer cuando despierto cada mañana. Aprendí a poner atención a mis pensamientos, pero sobre todo a observarlos, aprendí a meditar. Me enseñó a trabajar la arrogancia y estoy aprendiendo a ser más empática e intento ser más comprensiva para entender a los demás. Aprendí que los miedos solo son obstáculos enormes para construirte cada vez más pleno y feliz pero también son legítimos y explorarlos es una oportunidad que no podemos negarnos.

Durante este tiempo, dos amigos perdieron a sus padres y solo podía mostrar mi afecto mediante llamadas y mensajes. No pude estar presente y abrazarlos como lo hubiera hecho meses antes, eso sí me dolió mucho. Por otro lado, un nuevo ser llego a nuestra vida, rescatamos una linda gatita que fue arrojada desde la venta de un coche a la puerta de nuestra casa, la nombramos Lúa. Aún me duele salir a la calle y no poder ver la sonrisa de las personas, no sé quién está detrás de ese cubrebocas, pero sobre todo me genera tanta impotencia saber que cada día siguen muriendo miles de personas alrededor del mundo.

COVID-19 nos quitó un estilo de vida que estaba a punto de colapsar y nos trajo “una nueva normalidad”, en la que tendremos que aprender a vivir con un nuevo virus que amenaza a nuestras vidas en cada palabra y en cada respiración. Quizá algún día este virus nos quite la vida, pero mientras no nos arrebatará la esperanza de vivir plenamente y agradecer por cada momento de nuestra vida.

Las voces de los extraños

Héctor García, 24 años.

Editor y corrector de estilo.

La primera taza de café sirve para despertarme; la segunda, ayuda a situarme en la nueva realidad. Nunca me ha gustado quejarme. A diferencia de mucha gente, mi vida dio un giro positivo antes de la cuarentena cuando encontré un trabajo. Tan sólo 4 días después de asumir mi nuevo empleo ya trabajaba desde casa. Pero con la pandemia llegaron nuevos inquilinos: la ansiedad, el insomnio, la monotonía y la desesperación de la rutina. En algún punto de los últimos meses, la ausencia de deportes significó la falta de novedades y emociones: me vi sin la genuina alegría de una victoria, el sabor amargo del empate o la frustración y tristeza por lo inesperada de una derrota.

Cuando el encierro se torna insoportable salgo a la entrada de la casa. Ese pequeño espacio, inmediato a la banqueta, y los metros que componen la privada son los únicos territorios expuestos que veo como seguros. Toco la superficie de los víveres con desconfianza. El portón de la privada y los dulces que ocasionalmente compro en la tienda también me resultan amenazadores. Qué extraña parece la cotidianidad antes de estos meses. Sin ironía, me parece estar resfriado. Pienso (añoro en realidad) en los días de febrero como pensaría en el acto inconsciente de respirar si tuviera gripe. Días en que, además de todo, podía estar tranquilo. Escribo para distraerme.

En medio del silencio que invade el cuarto las palabras no se acercan fácilmente al escritorio. Mi mente está representada por la imagen que muestra el ordenador: una hoja en blanco con una barra parpadeante que amenaza con apuntar algo, aunque no vaya a concretar la promesa.

Nunca antes me había planteado lo necesario que era caminar entre desconocidos. En mi pequeña trayectoria no he destacado por la audacia de mis diálogos, pero recuerdo a mis personajes desenvolviéndose sin mayor problema. Aunque tengo proyectos no escritos, las imágenes y escenarios que planteo no logran sostenerse. Lucen irreales y se desvanecen por completo. ¿Debí prestar más atención? Sin las pláticas de transeúntes con el teléfono en la oreja, las risas de comensales vecinos y el extraño momento en que una persona decía “salud” a otro individuo, el juego lúdico de inventarle historias (y vidas) a la gente se ha complicado.

Se van apagando en mi cabeza Las voces de los extraños. Por momentos, además de la tranquilidad, el COVID también me ha arrebatado las historias y eso, eso es algo inaceptable.

Me convertí en todo en uno

Fernanda Medina

Diseñadora

!Quiero sacar lo mejor de esto!
Mamá, profesionista, maestra, ama de casa, emprendedora… y todo de tiempo completo. ¿Cómo lo hago? !no lo sé! pero debe funcionar.
Al principio el Covid movió completamente mi rutina, mi estabilidad, mi economía, así como la de mis hijos y comencé a preocuparme por lo que podría venir más adelante.

Los primeros días tratamos de adaptarnos a nuestro nuevo esquema de trabajo y escuela. En casa, sin poder salir a trabajar, sin que ellos fueran a la escuela la pandemia podía ser una oportunidad para “relajarnos un poco” y estar juntos mucho más tiempo de lo que habitualmente hacíamos.

Muy rápido la oportunidad se convirtió en un desafío. Por el Covid la empresa para que la trabajo sólo me pagaría 50% de mi sueldo y por el desabasto se interrumpió el suministro de medicamentos oncológicos en el Hospital de Cancerología para mi tratamiento, así que ahora tendría que pagar por las medicinas que antes recibía de manera gratuita, fue en ese momento cuando supe que tenía que intentar tener un ingreso adicional por ese gasto que no tenía previsto y por el recorte de mi sueldo. Comencé un negocio y empecé a correr todos los días para ser maestra de mis hijos por la mañana, mamá, tiempo para la empresa en la que trabajo, hacer postres, repartir pedidos, con el riesgo de salir a la calle -pero siempre tomando las precauciones necesarias-, hacer los quehaceres de la casa, apoyara a mi papa en su negocio y junta todos los días por la tarde porque aunque no te lo digan en el trabajo sienten que estás en tu casa rascándote la panza y tienes tiempo de sobra (palabras literalmente escritas en un correo de la empresa) y a pesar de todo pues hay que cumplir o eres un mal elemento.


Paso el segundo mes y el covid me quitó el 75% de mi sueldo, sigues teniendo la misma presión por parte de tu trabajo porque tienes un sueldo finalmente que debes desquitar (palabras dichas por la empresa) lo que ellos no saben o no entienden es que con un sueldo de 1700 pesos a la quincena no comen tus hijos, no pagas escuelas, no pagas servicios y lo básico para tratar de sobrellevar la nueva “normalidad” y no puedes costear una medicina que debes tomar todos los días y cuesta lo que te pagan en un mes, entonces debes buscar alternativas.

No es mi intensión quejarme, no quiero hacerlo, quiero sacar lo mejor de esto y realmente disfruto este tiempo en casa con mis hijos y mi familia, me gusta trabajar para mí pero definitivamente no para alguien, creo que eso debe cambiar.

Quedo agotada de todo el día, sin ese tiempo que creía tendría de sobra o que piensa la empresa que tengo, pero es momento de pensar, solucionar y trabajar duro por ti y para ti para dejar aquello que no te gusta y convertirte en una mejor persona, ser humano, mamá y lo mejor de todo es que mis hijos están felices de tener a sus mamá con ellos apoyándolos en todas sus actividades diarias.
Amo el apoyo y el tiempo con mis papas y hermanas y sé que !todos lo vamos a lograr!

Antítesis del Covid

Gabriel Granados

Comerciante

El Covid me robo la apatía, me robo la inactividad, me hizo atender los pendientes que tenía en la casa: cortar el césped, arreglar los desperfectos. Me robo el distanciamiento que tenia con mi familia por pensar en las necesidades diarias, me acerco a mis hijos, me hizo descubrir que ya no son unos niños sino personas conscientes de las necesidades de la casa que se han apropiado de las responsabilidades que antes sólo mi me correspondían a mi. Me ayudaron en los momentos difíciles por los que estaba pasando económicamente. Lety, mi esposa, su apoyo en todo momento. Al aislarnos del mundo exterior nos hemos encontrado en el interior como familia.

Ellos me abrieron los ojos, hicieron que me encontrara de nuevo, no tengo que andar dando palos de ciego sino concentrarme y continuar en la compra venta de fierro viejo oficio que nos dio la casa y que también nos ha dado los mejores momentos, aunque tendremos que complementarlo con el emprendimiento de un nuevo negocio juntos, venderemos tacos.

Gracias a la cuarentena se enfrió el cerebro, aprendimos a cuidarnos con extrema precaución y reconectar los cables en el sentido indicado para enderezar el barco, desplegar las velas y avanzar.

El dolor y la muerte tocaron a mi puerta

Socorro “Coco” Valdez Guerrero
Periodista

En esta penumbra. Con el canto de los pájaros, esa brisa de madrugada y esa resplandeciente luna. Una canción de Rocío Dúrcal y el ruido ensordecedor del horno, que en cada sonido recuerda la flama que anuncia que vas desapareciendo.

Así tendido te quiero escribir y las palabras no fluyen, se esconden. Te evaden, como tantas veces lo hice al verte cerca. Te alcancé a ver por última vez, ahí tirado, en esa bolsa café y en esa fría carretilla. No me acerqué a ti, sólo te vi ahí plácido, tranquilo. Ya antes, sólo un poco antes de esa fatal hora, cinco de la mañana, también te vi. Llegaste a mi recámara a abrazarme y a decirme que no te ibas a ir, que estarías conmigo. No me abrazabas. Pocas veces lo hiciste -sólo ante la muerte- y ahora hasta te acostaste en mi cama, pero era solo un sueño.

Desperté -me despertaron- para decirme que subiera rápido, que habías llegado al crematorio y ya sólo me esperaban para meterte. Corrí, oí a lo lejos los gritos, el llanto de dolor. Sentí ese desgarro, sí, era tu hija y nuestra hermana, su yerno golpeaba la pared. Él, desde el sur, en esa videollamada, seguía de cerca a su “niño” como te decía. Nuestras sobrinas derramaban lágrimas y dolor. Y tus otras hijas y mi cuñada, en su encierro llorándote.

¿Y mis palabras, y mi dolor?, ¡no salieron!, había que controlar. Verme fuerte y había que impedir que te abrazaran. Mi llanto se contuvo. Sólo se inundaron mis ojos, pero no salieron lagrimas. Tenía que ser la fuerte. ¿Fuerte? ¡Que va! Hoy letras me hacen falta y guardo silencio. No sé qué decirte ni cómo gritar ese dolor que taladra mi alma. La angustia e impotencia de no haberte salvado. Mi corazón nuevamente destrozado. Y mis fuerzas me abandonan. Quiero gritarle al mundo cuánto duele. Decirles que no soy la fuerte, que me quiebro. Que ya no aguanto. Quiero que me escuchen, que sepan que jamás, jamás hubiera querido tu muerte. No te entendía y nunca me entendiste. Tan irascibles ambos, tan empecinados, tan soberbios, y tan hermanos. Quiero que se enteren, que sepas lo que nunca te dije. No soy ni fui la mejor hermana, pero te amaba. Que tarde lo entiendo. Que tarde lo reconozco. Tampoco soy aquella que creen fuerte. Y sí, la cobardía me invade. 

Quiero olvidar todo, quiero desaparecer. Decirle a la muerte ¿qué te he hecho?, insultar a Dios, a quien le rogué no te fueras. Que ese maldito virus y esa incapacidad de atenderte, no te matarán. Pero te ¡mataron¡ y también esa Fiscalía General de la República a la que serviste tanto, ¡te mató! Como a muchos otros los están matando con su irresponsabilidad de obligarlos a ir, de no respetar ese acuerdo para empleados con actividad no esencial, con su empecinamiento para que fueras a trabajar. Hoy están enfermos ahí, hoy mueren otros de tus compañeros y hoy exigen tu baja. ¿Por qué tan insensibles, por qué no esperan a que te vayas, por qué esa premura de tu acta de defunción?¿porqué atosigar y no respetar el dolor de tus hijas? ¿Por qué muerte te empeñas en abatirme. En seguirme, en caminar a mi lado y acompañarme siempre. Ya no fue suficiente arrancarme a un hermano, a mi padre y a mi madre, para llevarte ahora a él? Sí al hombre que nos quedaba a las dos. A ellas, tan chavo ruco, tan jovial, y tan cabrón. Tan viejero. Ya, muerte, no vivas conmigo, ¡ya no por favor! Ya deja de ensombrecer todo. ¡Ya basta! Ya de tanta saña. Ya, no quiero luto. Por favor, ¡ya no! Esa es mi historia, pero puede ser la tuya…¡Cuídate por favor!

Pandemia mental

Nelly Segura 

Periodista

Al despertar pasé saliva y me dolió la garganta. Abrí los ojos asustada. sólo es resequedad, pensé y me juré no volver a pensar en malestares ni enfermedades. 

Cada día desde hace cuatro o cinco meses escuchó sólo una palabra: pandemia. La recurrencia de esa palabra y de sus consecuencias en mi mente, todo el tiempo, puede ser consecuencia de la apofenia que me afecta desde niña y que me hace conectar sucesos y palabras aleatorias con algo que podría pasar, algo malo, aunque en realidad casi nunca pasa. 

Quizá es la sobre exposición a la información a la que estamos comprometidos los periodistas la que me lleva una y otra vez a pensar en los efectos del coronavirus, desde lo más simple como las medidas de precaución sanitaria hasta un posible exterminio de la humanidad (eso sólo después de leer el artículo de un actuario con predicciones fatalistas o cuando no puedo dormir). 

Pienso en los países desarrollados en las estupendas y eficaces medidas que han adoptado y después recuerdo a mi país con un sistema de salud carente y víctima de la corrupción desde hace decenas de años, ¿Qué nos puede esperar a nosotros?. 

En realidad el temor no es por mí, es por mi familia, amigos y colegas de trabajo, es porque las cosas no sean como antes… Pero ¿no ha sido la adaptación el éxito de la sobrevivencia humana?. 

Sólo regresó a la realidad cuando mi madre -que aunque toma las medidas de precaución- abre un envase de leche que no lavó, sirve un vaso y la bebe sin remordimientos o cuando mi papá fuma un cigarro dentro de la casa, eso para mi es un ancla: sí, estamos bajo una pandemia y debemos tomar las medidas necesarias pero también necesitamos vivir y disfrutar, eso, mis padres lo saben hacer mejor que yo. 

No es posible saber si enfermaremos de coronavirus aunque en realidad podríamos enfermar de cualquier otra cosa y de un momento a otro morir o puede morir alguien que amamos y no podríamos hacer nada. Así es esto, así es la vida y la muerte por eso y para cumplir con el juramento ahora cuando despierto pienso en disfrutar ese momento, ese pequeño momento. 

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